Hoy ha vuelto a salir el sol. Como cada mañana, el día se despierta frío y húmedo, con la tenue neblina que aún lo cubre sobre su superficie. Las calles yacen en su sitio, cada una con su decoración que la caracteriza. Los vehículos se movilizan, la gente se dirige al trabajo y todo funciona más o menos de una forma sincronizada, como otros tantos días.
Llega la tan esperada hora del desayuno para tantos trabajadores, momentos que se aprovechan para charlar un rato, ir al servicio y relajarse un poco mientras mojan sus magdalenas en un vaso de leche bien caliente.
De nuevo vuelta al trabajo, el estrés asoma por la esquina avisando de que va a ser un dia ajetreado. Es lo que él quiere, estar a sus anchas, provocar discusiones, malentendidos, en definitiva llegar al caos. Los que no lo aguantan sufren demasiado, a veces incluso peligroso y más de uno ha acabado comido por los gusanos.
La jornada va acabando, comienzan las prisas por salir, el hambre aprieta y el cansancio consume. El caos circulatorio es notable y la espera se demora hasta la desesperación. La polución es alta, el ruido ensordecedor y la tarde llama a la puerta para relevar a la mañana.
Llega el momento de la libertad. Descanso u ocio son dos cosas que se precian con gratitud. La tarde no siempre acompaña, se vuelve fría y tosca en estos días de invierno y si aparece la lluvia no te quiero ni contar. La gente se refugia en casa o en grandes centros comerciales donde pasar el tiempo.
Y antes de darse cuenta, la noche acapara con todo y despide a la tarde con severidad. Aparecen las estrellas y la luna llena resplandece hermosamente.
De nuevo el hambre hace mellas y con el calor de la casa, las familias se reúnen en el salón para degustar la comida, mientras narran su laborioso día o ven juntos la televisión. El sueño aprieta y uno a uno se despiden y dirigen a sus camas. Mañana ya será otro día.
Atentamente, La Rutina.
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sábado, 24 de noviembre de 2007
viernes, 16 de noviembre de 2007
El primer viajero
Hace tiempo ya que salió de la cueva, al igual que el resto. Un pequeño tallo empezaba a sobresalir, verde como el frescor, delicado como una brisa. Pasaban las horas y aumentaba el grosor, surgía la primera rama que daría lugar a la primera hoja y de la cual obtendría las fuerzas para seguir adelante. Salió la primera, salió la segunda, la tercera y así hasta cubrir toda la parte superior formando una cubierta.
Pero no fue todo tan rápido ni fácil como lo pintan. Tuvo que luchar ante distintas adversidades, gusanos, insectos, parásitos, todo aquello que vive en ese mundo. Sus hojas eran devoradas, sus débiles ramas cortadas, arrancadas y aún así seguía creciendo. Tenía la esperanza de llegar a ser fuerte y robusto, aquel pequeño tallo que antaño apareció. Y llegado a cierta madurez, expandió sus ramas, alargó las hojas en busca de algo nuevo, un nuevo lugar, nuevas historias que contar, nuevos mundos de los que aprender, con los que convivir.
Así lo quiso y así luchó por ello. Conoció a otro tallo que, a pocos metros de él, lo llevaba observando desde su aparición. Era más grande, más fuerte y sobre todo más vivo, en definitiva más sabio. Quiso ser como él,prácticamente en todos los aspectos, menos en uno, su edad. Y lo quiso así porque de no haberlo hecho no se hubiera expandido, no hubiera emigrado.
Cogió entonces sus raíces y partió ¡quién sabe donde! Porque no quiso quedarse haciendo compañía a otro como él pero más viejo, sabiendo que permanecería ahí para el resto de sus días.
Comenzó entonces su aventura que con dificultad lograba realizar. Una zona llena de arbustos, enormes árboles, manglares, animales de toda índole y poco espacio para avanzar. Ahora se daba cuenta que con su tamaño cada vez mayor, no podría llegar muy lejos y entonces pensó en que debería haber partido antes, aprender por el camino y no sólo de aquel viejo sabio que rondaba a su lado.
Continuó con su viaje y halló lo que parecía ser un sendero de humanos. Decidió entonces seguir a través de él ya que le proporcionaba un mayor espacio de maniobra. Horas más tarde llegó a la orilla de un enorme río. Veía la orilla de enfrente con alguna que otra dificultad, pero no tuvo miedo, no se echó para atrás. Sabía que flotaba y que por ello nada malo podría ocurrirle. Así que se echo al agua y con paciencia se dijo que ya alcanzaría la otra orilla.
Sin embargo, cometió un error, llegó al río y miró de frente, pero no miró a los lados y a uno de ellos en el sentido de la corriente, a lo lejos, de pronto el río desaparecía, había un corte repentino. Era ni más ni menos que una enorme cascada. Pronto avistó el peligro al ver que la velocidad de la corriente aumentaba conforme avanzaba. Estaba aún en mitad del río y empezó a perder la paciencia, le entraron los nervios y no sabía como salir de aquello. Veía que no le iba a dar tiempo, que llegaría caer por aquel enorme desnivel.
Y así fue como ocurrió. Cayó por la cascada y mientras lo hacía comprendió el porqué los árboles deben permanecer en el lugar del que salieron. Cada uno tiene su lugar en el mundo y cuando se pretende romper esa premisa, puede resultar peligroso.
Tras caer se partió en varios trozos y uno de ellos, la parte más grande del tronco, permanece aún hoy día a la orilla de la cascada, en un pequeña zona arenosa visitada por miles de compañeros suyos, rindiéndole homenaje por haber sido el primero en abordar semejante aventura.
Pero no fue todo tan rápido ni fácil como lo pintan. Tuvo que luchar ante distintas adversidades, gusanos, insectos, parásitos, todo aquello que vive en ese mundo. Sus hojas eran devoradas, sus débiles ramas cortadas, arrancadas y aún así seguía creciendo. Tenía la esperanza de llegar a ser fuerte y robusto, aquel pequeño tallo que antaño apareció. Y llegado a cierta madurez, expandió sus ramas, alargó las hojas en busca de algo nuevo, un nuevo lugar, nuevas historias que contar, nuevos mundos de los que aprender, con los que convivir.
Así lo quiso y así luchó por ello. Conoció a otro tallo que, a pocos metros de él, lo llevaba observando desde su aparición. Era más grande, más fuerte y sobre todo más vivo, en definitiva más sabio. Quiso ser como él,prácticamente en todos los aspectos, menos en uno, su edad. Y lo quiso así porque de no haberlo hecho no se hubiera expandido, no hubiera emigrado.
Cogió entonces sus raíces y partió ¡quién sabe donde! Porque no quiso quedarse haciendo compañía a otro como él pero más viejo, sabiendo que permanecería ahí para el resto de sus días.
Comenzó entonces su aventura que con dificultad lograba realizar. Una zona llena de arbustos, enormes árboles, manglares, animales de toda índole y poco espacio para avanzar. Ahora se daba cuenta que con su tamaño cada vez mayor, no podría llegar muy lejos y entonces pensó en que debería haber partido antes, aprender por el camino y no sólo de aquel viejo sabio que rondaba a su lado.
Continuó con su viaje y halló lo que parecía ser un sendero de humanos. Decidió entonces seguir a través de él ya que le proporcionaba un mayor espacio de maniobra. Horas más tarde llegó a la orilla de un enorme río. Veía la orilla de enfrente con alguna que otra dificultad, pero no tuvo miedo, no se echó para atrás. Sabía que flotaba y que por ello nada malo podría ocurrirle. Así que se echo al agua y con paciencia se dijo que ya alcanzaría la otra orilla.
Sin embargo, cometió un error, llegó al río y miró de frente, pero no miró a los lados y a uno de ellos en el sentido de la corriente, a lo lejos, de pronto el río desaparecía, había un corte repentino. Era ni más ni menos que una enorme cascada. Pronto avistó el peligro al ver que la velocidad de la corriente aumentaba conforme avanzaba. Estaba aún en mitad del río y empezó a perder la paciencia, le entraron los nervios y no sabía como salir de aquello. Veía que no le iba a dar tiempo, que llegaría caer por aquel enorme desnivel.
Y así fue como ocurrió. Cayó por la cascada y mientras lo hacía comprendió el porqué los árboles deben permanecer en el lugar del que salieron. Cada uno tiene su lugar en el mundo y cuando se pretende romper esa premisa, puede resultar peligroso.
Tras caer se partió en varios trozos y uno de ellos, la parte más grande del tronco, permanece aún hoy día a la orilla de la cascada, en un pequeña zona arenosa visitada por miles de compañeros suyos, rindiéndole homenaje por haber sido el primero en abordar semejante aventura.
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