viernes, 16 de noviembre de 2007

El primer viajero

Hace tiempo ya que salió de la cueva, al igual que el resto. Un pequeño tallo empezaba a sobresalir, verde como el frescor, delicado como una brisa. Pasaban las horas y aumentaba el grosor, surgía la primera rama que daría lugar a la primera hoja y de la cual obtendría las fuerzas para seguir adelante. Salió la primera, salió la segunda, la tercera y así hasta cubrir toda la parte superior formando una cubierta.
Pero no fue todo tan rápido ni fácil como lo pintan. Tuvo que luchar ante distintas adversidades, gusanos, insectos, parásitos, todo aquello que vive en ese mundo. Sus hojas eran devoradas, sus débiles ramas cortadas, arrancadas y aún así seguía creciendo. Tenía la esperanza de llegar a ser fuerte y robusto, aquel pequeño tallo que antaño apareció. Y llegado a cierta madurez, expandió sus ramas, alargó las hojas en busca de algo nuevo, un nuevo lugar, nuevas historias que contar, nuevos mundos de los que aprender, con los que convivir.
Así lo quiso y así luchó por ello. Conoció a otro tallo que, a pocos metros de él, lo llevaba observando desde su aparición. Era más grande, más fuerte y sobre todo más vivo, en definitiva más sabio. Quiso ser como él,prácticamente en todos los aspectos, menos en uno, su edad. Y lo quiso así porque de no haberlo hecho no se hubiera expandido, no hubiera emigrado.
Cogió entonces sus raíces y partió ¡quién sabe donde! Porque no quiso quedarse haciendo compañía a otro como él pero más viejo, sabiendo que permanecería ahí para el resto de sus días.
Comenzó entonces su aventura que con dificultad lograba realizar. Una zona llena de arbustos, enormes árboles, manglares, animales de toda índole y poco espacio para avanzar. Ahora se daba cuenta que con su tamaño cada vez mayor, no podría llegar muy lejos y entonces pensó en que debería haber partido antes, aprender por el camino y no sólo de aquel viejo sabio que rondaba a su lado.
Continuó con su viaje y halló lo que parecía ser un sendero de humanos. Decidió entonces seguir a través de él ya que le proporcionaba un mayor espacio de maniobra. Horas más tarde llegó a la orilla de un enorme río. Veía la orilla de enfrente con alguna que otra dificultad, pero no tuvo miedo, no se echó para atrás. Sabía que flotaba y que por ello nada malo podría ocurrirle. Así que se echo al agua y con paciencia se dijo que ya alcanzaría la otra orilla.
Sin embargo, cometió un error, llegó al río y miró de frente, pero no miró a los lados y a uno de ellos en el sentido de la corriente, a lo lejos, de pronto el río desaparecía, había un corte repentino. Era ni más ni menos que una enorme cascada. Pronto avistó el peligro al ver que la velocidad de la corriente aumentaba conforme avanzaba. Estaba aún en mitad del río y empezó a perder la paciencia, le entraron los nervios y no sabía como salir de aquello. Veía que no le iba a dar tiempo, que llegaría caer por aquel enorme desnivel.
Y así fue como ocurrió. Cayó por la cascada y mientras lo hacía comprendió el porqué los árboles deben permanecer en el lugar del que salieron. Cada uno tiene su lugar en el mundo y cuando se pretende romper esa premisa, puede resultar peligroso.
Tras caer se partió en varios trozos y uno de ellos, la parte más grande del tronco, permanece aún hoy día a la orilla de la cascada, en un pequeña zona arenosa visitada por miles de compañeros suyos, rindiéndole homenaje por haber sido el primero en abordar semejante aventura.

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