sábado, 24 de noviembre de 2007

Carta al director

Hoy ha vuelto a salir el sol. Como cada mañana, el día se despierta frío y húmedo, con la tenue neblina que aún lo cubre sobre su superficie. Las calles yacen en su sitio, cada una con su decoración que la caracteriza. Los vehículos se movilizan, la gente se dirige al trabajo y todo funciona más o menos de una forma sincronizada, como otros tantos días.
Llega la tan esperada hora del desayuno para tantos trabajadores, momentos que se aprovechan para charlar un rato, ir al servicio y relajarse un poco mientras mojan sus magdalenas en un vaso de leche bien caliente.
De nuevo vuelta al trabajo, el estrés asoma por la esquina avisando de que va a ser un dia ajetreado. Es lo que él quiere, estar a sus anchas, provocar discusiones, malentendidos, en definitiva llegar al caos. Los que no lo aguantan sufren demasiado, a veces incluso peligroso y más de uno ha acabado comido por los gusanos.
La jornada va acabando, comienzan las prisas por salir, el hambre aprieta y el cansancio consume. El caos circulatorio es notable y la espera se demora hasta la desesperación. La polución es alta, el ruido ensordecedor y la tarde llama a la puerta para relevar a la mañana.
Llega el momento de la libertad. Descanso u ocio son dos cosas que se precian con gratitud. La tarde no siempre acompaña, se vuelve fría y tosca en estos días de invierno y si aparece la lluvia no te quiero ni contar. La gente se refugia en casa o en grandes centros comerciales donde pasar el tiempo.
Y antes de darse cuenta, la noche acapara con todo y despide a la tarde con severidad. Aparecen las estrellas y la luna llena resplandece hermosamente.
De nuevo el hambre hace mellas y con el calor de la casa, las familias se reúnen en el salón para degustar la comida, mientras narran su laborioso día o ven juntos la televisión. El sueño aprieta y uno a uno se despiden y dirigen a sus camas. Mañana ya será otro día.

Atentamente, La Rutina.


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